Letra G
GUERRA
¡Que esa
cara nos haya llevado a esta guerra y nosotros no la hayamos aniquilado! Y eso
que somos millones, y la Tierra está repleta de armas, provista de municiones
para tres mil años, y esa cara sigue estando allí, desplegada encima de
nosotros, la figura grotesca y siniestra de la Gorgona, y nosotros, todos,
petrificados en el crimen.
*** La provincia del hombre 1943-1972. (1942). [Ed. GG: pág. 9]
Él me
robó la oreja izquierda. Yo le quité el ojo derecho. Él me birló catorce
dientes. Yo le cocí los labios. Él hizo hervir mi trasero. Yo le di la vuelta
a su corazón. Él se comió mi hígado. Yo me bebí su sangre. - Guerra.
*** La provincia del hombre 1943-1972. (1942). [Ed. GG: pág. 19]
En la
Conferencia de Paz se decide dar a Europa la oportunidad justa de la que se ha
hecho merecedora en una guerra difícil y que dura ya varios años. Todo deberá
empezar de nuevo ahora mismo. Y para que esto sea posible, se crea una flota
interterritorial de bombarderos que destruya todas las ciudades que, por
casualidad, aún hayan quedado en pie.
*** La provincia del hombre 1943-1972. (1942). [Ed. GG: pág. 20]
De todas
formas, han vencido los que por la fuerza han retrotraído el mundo a la
estructura psíquica de la guerra. Bien pueden desaparecer todos hasta el último:
dejarán como herencia la guerra y las próximas guerras.
*** La provincia del hombre 1943-1972. (1942). [Ed. GG: pág. 31]
Las
guerras se hacen por mor de sí mismas. Y mientras no admitamos esto, será
imposible combatirlas de verdad.
*** La provincia del hombre 1943-1972. (1942). [Ed. GG: pág. 31]
Desde que
empezó la guerra, las ideas y las frases se han vuelto breves, adaptándose al
tono de las órdenes. La gente está dispuesta a todo, excepto a prolongar y
continuar cuanto haya surgido en este período. Querría dejarlo tras de sí como
las ráfagas disparadas por una ametralladora. Nadie sabe quién volverá a casa,
y nadie sabe dónde estará en casa. De ahí que nadie se instale demasiado en
ninguna frase y todos se limiten a rozar muchas como si fueran hojas que
orillan un camino. El periódico, «donde cada día aparece algo diferente», y el
comunicado radiofónico son los monos del momento actual; en cuanto los
divisamos en un árbol, ellos ya han saltado al siguiente. El Matusalén de la
guerra no supera el día de vida, las existencias normales se miden por horas.
Al parecer, se ha dado el caso de alguien que no sabía por qué causa había
combatido el momento anterior, y algunos dicen que cien mil muertos difuminan
el objetivo más claro. No en todas partes se alejan los cadáveres flotando por dóciles
ríos. Los hornos crematorios rodantes a menudo llegan con retraso. Más
recomendables eran las bien ensambladas torres de cráneos humanos que construían
los tártaros; ofrecían una amplia perspectiva. Sin embargo, la utilización de
los corazones e intestinos de los muertos ha hecho progresos y no es de excluir
que se devuelvan a la vida cadáveres de la propia gen- te utilizando los del
enemigo; en tal caso, las guerras tendrían ese significado más profundo,
presentido solamente por sus profetas. No se ha llegado demasiado lejos en la
interpretación de fenómenos tan colosales, aunque ya los números dan a entender
que ha de tratarse de fenómenos de importancia vital, pues ¿morirían acaso
millones de personas en vano? ¿Y morirían con gusto y se enorgullecerían de
ello, disputándose la precedencia? Son siempre los números lo que avergüenza al
escéptico. A los hombres no les gusta morir y en la guerra mueren por millones.
Las guerras deben tener, pues, una significación muy particular y quizá́ lo único
que no se ha sabido es pulverizar debidamente los cadáveres del enemigo. Los
cazadores de cabezas y los caníbales han sido objeto de nuestro escarnio y
nuestras burlas; no obstante, en esos hijos de la naturaleza hay un fondo
bueno, y así́ como entienden de hierbas medicinales y venenos, seguro que sabrán
muy bien, en cualquier caso mejor que nosotros, por qué deben comerse
precisamente a sus enemigos. Hay algo que no se les puede negar: son
consecuentes, y el ridículo sentimentalismo de nuestra pseudocultura no los ha
llevado a desdeñar un corazón por el simple hecho de que pertenezca a un
hombre, todo lo contrario: lo prefieren a los corazones de animales.
*** La provincia del hombre 1943-1972. (1943). [Ed. GG: pp. 32-33]
La guerra
es algo tan correctamente organizado que la gente acaba sintiéndose en ella
como en casa.
*** La provincia del hombre 1943-1972. (1943). [Ed. GG: pág. 34]
Desde que
se sientan en sillones y comen sentados a mesas, hacen guerras más largas.
*** La provincia del hombre 1943-1972. (1943). [Ed. GG: pág. 34]
Tal vez
desprecio tanto la acción por el
simple hecho de que desearía que cualquier acción, por mínima que fuese,
tuviera una significación general, proyectara su sombra de manera muy
especifica y cubriera a la vez el cielo y la tierra. Sin embargo, el verdadero
hacer de los hombres se ha atomizado y todos tienen que colisionar
violentamente unos con otros para darse cuenta de que cada uno de ellos hace
algo. ¡Qué vacío hay entre ellos! ¡Qué humillación tan intensa! ¡Qué frenesí́
tan absurdo el de todos! Pues son caldeados desde fuera y se alborotan y
desenfrenan cada vez más rápidamente. Su primer mandamiento es: ¡Haz! Y lo que
hagan es ya casi indiferente. Podría pensarse que es la mano, victima a su vez
de una furia frenética, la que los impulsa a pasar de una acción a otra, y la
verdad es que sus pies tienen cada vez menos importancia. Se les podría
cercenar simultáneamente las manos a todos; pero cabria temer que entonces
presionarían botones con la nariz, botones no menos peligrosos. Ellos hacen, y
lo que hacen es fútil, y como es fútil, es malo. Cierto es que cuentan con una
vida breve, pero ni siquiera el instante les resulta sagrado. Por una acción
sacrificarían cualquier vida ajena, y a menudo la suya propia. Son los
papagayos de los dioses y consultan con ellos sobre las acciones, una de las
cuales es siempre grata a los dioses, sobre todo la de matar. Del ritual del
sacrificio surgió́, según se dice, toda una literatura sapiencial; y así́, la
sapiencia misma sería hija de la acción. Muchos de ellos creen esto, y para
muchos más la guerra ha ocupado el lugar del sacrificio: la matanza es más
preciosa y dura más tiempo. Es perfectamente posible que la acción ya no pueda
separarse del matar, Y si la Tierra no quiere perecer en un final grandioso,
los hombres tendrían que desacostumbrarse por entero de la acción. Ojalá se
sentaran frente a sus casas en ruinas, con las piernas cruzadas, misteriosamente
alimentados por su respiración y sus sueños, y sólo movieran un dedo para
espantar a una mosca, cuya diligencia los molesta porque le recuerda la antigua
época, ya superada y vergonzante, la época de los átomos y de la acción.
*** La provincia del hombre 1943-1972. (1943). [Ed. GG: pp. 38-39]
La
tristeza a él ya no le inspira palabras cálidas; se ha vuelto fría y dura como
La guerra. ¿Quién puede quejarse todavía?
En carros
de combate y bombarderos hay criaturas programadas que aprietan botones con sus
dedos y saben perfectamente por qué. Lo hacen todo como es debido. Cada una de
ellas sabe más que el Senado romano en su conjunto. Ninguna de ellas sabe nada.
Algunas sobrevivirán, y en una época inconcebiblemente lejana, que se llama
paz, serán programadas de nuevo para realizar otros trabajos.
¿Cantar?
¿Cantar sobre qué? Sobre las cosas más antiguas y poderosas que están muertas.
También la guerra morirá́.
*** La provincia del hombre 1943-1972. (1943). [Ed. GG: pág. 53]
A veces
sentimos que una guerra está tocando a su fin y nos alegramos como niños de
que aún quede gente con vida y, antes de que termine, empezamos a llamarlos, y
ellos responden; han sentido lo mismo.
*** La provincia del hombre 1943-1972. (1943). [Ed. GG: pág. 74]
El
entrevero de voces y de caras en el que antes me sentía como en casa se me ha
vuelto aborrecible. Me gusta vivir individualmente a los seres humanos. Cuando
son varios, quiero tenerlos sentados uno al lado del otro, en orden, como en
los trenes, y de mí ha de depender lo que mire primero. El caos ha perdido
todo atractivo. Quiero poner orden y dar forma y no perderme ya en nada. Atrás
han quedado los tiempos del abandonarse indiscriminadamente. El caos está de
parte de la guerra. Desprecio la guerra aún más de lo que la aborrezco. Los
numerosos individuos que se pasean por el centro, de permiso o, como siempre,
en busca de placer, me parecen desertores de una causa suprema. Están dispuestos
a regresar a su dócil cobardía, o bien es que han fingido todo el tiempo no
saber nada. Tan sólo fuera de los locales, de noche, como sombras, cobran
alguna verdad, ahí́ son como muertos que no saben que lo están; desde las
callejuelas laterales que conducen a Piccadiily los observo largo rato, presa
de una gran excitación. Avanzan cogidos unos de otros, y entonces se que entre
ellos hay sombras femeninas. Lanzan unos cuantos gritos estridentes, de ese
modo simulan más vida de la que les corresponde. Antes sólo se escuchaban
voces. Mi inmensa fuerza se hallaba en el caos; estaba seguro de él como del
mundo entero. Hoy en día incluso el caos ha hecho explosión. Nada estaba
ensamblado con la suficiente absurdidad como para no disgregarse en algo
todavía más absurdo, y donde quiera que olfatee, todo está cargado del olor a
fuego extinguido.
Quizá́
hubiera sido mejor quedar totalmente abrasados. Los perturbados volverán a
instalarse entre los restos. Prepararán su sopa en los volcanes y, felices,
sazonarán su comida con azufre. Sin embargo, para aquellos cuyo corazón estuvo
abierto ante esto, ante la más mínima cosa que ocurriera, ante cada ser humano,
para estos ningún caos volverá́ a ser bello, nunca, y temblarán sobre todo ante
lo más inimaginable, con un saber honesto y un temor vacío de toda esperanza.
*** La provincia del hombre 1943-1972. (1945). [Ed. GG: pp. 86-87]
Quizá́
porque ni siquiera nos es lícito tomar aliento entre esta guerra y la próxima,
ésta no llegará nunca.
*** La provincia del hombre 1943-1972. (1945). [Ed. GG: pág. 90]
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