Wednesday, May 22, 2013

[Letra D] - Dios


Letra D


DIOS

Si se lleva a cabo seriamente, el estudio del poder conlleva enormes peligros. Aceptamos metas erróneas en cuanto han sido alcanzadas y superadas hace tiempo. La magnanimidad y la dignidad nos llevan a disculpar allí donde menos deberíamos hacerlo. Los poderosos y los que aspiran a serlo, en todos sus disfraces, utilizan al mundo, y el mundo es para ellos todo lo que encuentran por delante. No les queda tiempo para cuestionar seriamente nada. Aquello que alguna vez engendró masas deberá ayudarlos a generar sus propias masas. Revisan, pues, la Historia buscando fértiles campos de pastoreo y se instalan al punto donde quiera que encuentren la posibilidad de engordar nuevamente. Imperios antiguos o Dios, guerra o paz, todo se ofrece a ellos, que eligen lo que más hábilmente puedan manipular. No existe ninguna diferencia real entre los poderosos; y esto resulta de pronto evidente cuando las guerras han durado ya un buen tiempo y los contrincantes tienen que equiparse entre sí por mor de su victoria. Todo es éxito, y el éxito es lo mismo en todas partes. Tan sólo ha cambiado una cosa: el número cada vez mayor de gente ha llevado a la formación de masas cada vez más grandes. Aquello que se descarga en algún lugar de la Tierra se descarga en todas partes; ningún exterminio tiene ya límites. Sin embargo, los poderosos, con sus viejos objetivos, siguen viviendo en su antiguo mundo limitado. Ellos son los verdaderos provincianos y aldeanos de esta época y no hay nada más ajeno al mundo que el realismo de los ministros y los gabinetes ministeriales, con excepción del realismo de los dictadores, que se consideran más realistas todavía. En su lucha contra las formas esclerotizadas de la fe, los ilustrados dejaron intacta una religión, la más delirante de todas: la religión del poder. Ha habido dos actitudes en relación con ella: una, a largo plazo la más peligrosa de ambas, prefería no hablar de ella y seguir practicándola tácitamente de modo tradicional, fortalecida por los modelos inagotables y, por desgracia, inmortales de la Historia. La otra, mucho más agresiva, se glorificó a sí misma primero antes de entrar en acción, presentándose públicamente como religión en lugar de las moribundas religiones del amor, a las que escarneció con violencia y malicia. Anunció: Dios es poder y todo el que puede es su profeta.

*** La provincia del hombre 1943-1972. (1943). [Ed. GG: pp. 41-42]


No es nada vergonzoso ni egocéntrico, es algo justo, bueno y bien fundado el que, justamente ahora, nada lo colme a uno más que la idea de la inmortalidad ¿No vemos acaso cómo hay gente que es enviada en vagones a la muerte? ¿Acaso no se ríen, no bromean y alardean para darse falsamente valor unos a otros? Y están luego los que pasan volando por encima de uno en bandadas de veinte, treinta, cien aviones cargados de bombas, cada cuarto de hora, con pocos minutos de intervalo, y a los que vemos regresar pacíficamente, centellantes a la luz del sol, como flores, como peces, tras haber destruido ciudades enteras. Ya no podemos decir «Dios»; está marcado para siempre, tiene en su frente el estigma cainita de las guerras, sólo podemos pensar en una cosa, en el único salvador: ¡la inmortalidad! Si fuera nuestra, si estuviera ya vigente, ¡qué distinto sería todo! ¡Inmortalidad! ¿Quién querría seguir asesinando? ¿A quién podría ocurrírsele asesinar si ya no hubiera nada que matar?

*** La provincia del hombre 1943-1972. (1944). [Ed. GG: pág. 78-79]


Aún yacía Adán como barro en el suelo. Dios pensó: «¿Lo dejo así?». El terrón bien formado le gustó. ¿Sería malo si respirase? «Quizá no merezca que le insufle aliento.» Pues Dios era ignorante, y todo lo que creaba, quedaba libre de Él. No había nada predestinado, y cada ser iba surgiendo tal y como él mismo lo deseaba. No había piojo que no siguiera su propia y cómoda andadura. Pero también la gacela se escapaba del león cuando tenía la fuerza necesaria para hacerlo. Pues Dios nunca había pensado en dominar la Creación. Ejercía su palabra y con ella hacía cosas, y cuando éstas cobraban vida y se evadían, Él se alegraba. Tampoco quería acordarse de todo lo que hacía. Quería cosas nuevas, las únicas que lo animaban y divertían. Dios estaba solo, siempre estaba solo, y todas las noticias sobre su compañera son inventadas. Imaginémonos cómo se sentiría en su soledad, ¿Le habría resultado más llevadera a un hombre? A uno se le ocurren toda suerte de ideas estando solo, y esas ideas se convirtieron en la creación de Dios.

*** Hampstead. (1966). [Ed. GG: pág. 790-791]


Lo perverso de una obra hoy en día es su legitimación, y en esta época el idilio ha muerto para siempre. El escenario de la vida es múltiple, y lo monstruoso de sus tensiones, nuestro ejercicio cotidiano.
En lugar de Dios, quien tiene que escuchar -y reventar al hacerlo- es el desasosegado. Nadie tiene la bondad ni la amplitud suficientes para asumir la sacralidad de este siglo ante el absurdo demencial de sus víctimas, y sus mártires no pueden saber de qué lo han sido.

*** Hampstead. (1967). [Ed. GG: pág. 802]


Me irrita la obediencia a Dios de los judíos, aquello que los ha sustentado a lo largo de milenios. En sus historias más maravillosas y sabias... resurge una y otra vez esa obediencia. ¡Cuánto quiero a sus lectores, que se quedan pobres porque leen y, no obstante, son tenidos en mucho o, al menos, respetados! ¡Cómo me agrada la justicia que exigen a los hombres, su paciencia y, a menudo, su bondad! ¡Pero siempre aborrezco su obediencia ante esa interminable amenaza que es Dios! Sé que en esto soy un hijo de mi tiempo. Demasiada obediencia he presenciado, y ya ni siquiera puede decirse que la prestada a Dios fuera la más obediente, aunque siempre era ejemplar, con menos no querrían darse por satisfechos los poderosos; las reverencias que yo solía ver de niño se repetían ante los amos visibles con un efecto terrible.
Pero ¿es acaso posible oponerse a los amos visibles sin ningún amo invisible?
Una pregunta atroz.

*** Hampstead. (1970). [Ed. GG: pág. 840]


Que la esperanza ya sólo radica en lo fragmentario, que ya una totalidad de la vida sólo se halla en'To fragmentario, donde se desparrama y vuelve sobre sí con una velocidad diabólica. Que se ha vuelto más difícil escapar al peso de lo consumado, sin interpretarlo equivocadamente. Que percibimos chispas antes de que sean fuego sin apagarlas. Que no se teme el discurso que provoca todo, pero que no provoca nada él mismo y que, sin embargo, no calla. Que no se recorta la vida, a pesar de su carácter problemático. Que se la busca por todas partes, pero no en los caminos trillados. Que dejamos que el cielo sea el cielo, sin Dios, acribillado por telescopios, ultrajado por la destrucción más despiadada y que aún amamos la superficie de la Tierra, donde no ha sido socavada. Que nos permitimos como nadie ensalzar la fragmentación por sus ventajas, sin renunciar a las partículas, y que sostenemos cada una de ellas y reflexionamos, como si se tratara del todo, que no puede ser. Que nos inclinamos para no ver lo grande y dejamos que exista lo pequeño sin inflarlo. Que estamos de pie, porque es demasiado fácil estar tumbados; que no nos sentamos encima de nadie, pero salvamos la constancia del estar sentado, percibimos todos los ojos, captamos todas las voces y cuando se pierde su origen les respondemos en nuestro interior. Que adivinamos lo que las voces no pueden decir, que no enterramos ojos quebrados, sentimos todas las heridas y sólo desdeñamos las propias. Que no le reprochamos a la fe lo que siempre fue creído equivocadamente y que encuentra en los añicos del error la esperanza. Que no se arroja a la nada a nadie que estuviera allí a gusto. Que únicamente visitamos la nada para hallar el camino que conduce fuera de ella y mostrar el camino a cada cual. Que perseveramos en el dolor y en la desesperación para aprender cómo sacar a otros de ellos, pero no por desprecio de la felicidad que corres.

*** Hampstead. (1971). [Ed. GG: pág. 854]


Que la esperanza ya sólo radica en lo fragmentario, que ya una totalidad de la vida sólo se halla en'To fragmentario, donde se desparrama y vuelve sobre sí con una velocidad diabólica. Que se ha vuelto más difícil escapar al peso de lo consumado, sin interpretarlo equivocadamente. Que percibimos chispas antes de que sean fuego sin apagarlas. Que no se teme el discurso que provoca todo, pero que no provoca nada él mismo y que, sin embargo, no calla. Que no se recorta la vida, a pesar de su carácter problemático. Que se la busca por todas partes, pero no en los caminos trillados. Que dejamos que el cielo sea el cielo, sin Dios, acribillado por telescopios, ultrajado por la destrucción más despiadada y que aún amamos la superficie de la Tierra, donde no ha sido socavada. Que nos permitimos como nadie ensalzar la fragmentación por sus ventajas, sin renunciar a las partículas, y que sostenemos cada una de ellas y reflexionamos, como si se tratara del todo, que no puede ser. Que nos inclinamos para no ver lo grande y dejamos que exista lo pequeño sin inflarlo. Que estamos de pie, porque es demasiado fácil estar tumbados; que no nos sentamos encima de nadie, pero salvamos la constancia del estar sentado, percibimos todos los ojos, captamos todas las voces y cuando se pierde su origen les respondemos en nuestro interior. Que adivinamos lo que las voces no pueden decir, que no enterramos ojos quebrados, sentimos todas las heridas y sólo desdeñamos las propias. Que no le reprochamos a la fe lo que siempre fue creído equivocadamente y que encuentra en los añicos del error la esperanza. Que no se arroja a la nada a nadie que estuviera allí a gusto. Que únicamente visitamos la nada para hallar el camino que conduce fuera de ella y mostrar el camino a cada cual. Que perseveramos en el dolor y en la desesperación para aprender cómo sacar a otros de ellos, pero no por desprecio de la felicidad que corresponde a las criaturas, a pesar de que se desfiguran y desgarran mutuamente.

*** Apuntes 1973-1984. (1975). [Ed. GG: pp. 880-881]


¡Qué manuales de filosofía tan destilados, fríos y fragmentados leíamos de jóvenes! Gracias al lenguaje incoloro de sus autores todas las filosofías acababan siendo la misma. No habría hecho falta leer nada. Al final era uno el mismo que al principio, no daba ningún traspié, seguía leyendo sin entusiasmo. Era como haberle estrechado la mano a Dios, amablemente, y basta.
¡Qué impacto causaban, en cambio, los presocráticos, sus verdaderos fragmentos! No eran castrados por ninguna explicación. Seguían siendo asombrosos, inverosímiles, aterradores, aniquiladores. No había frase excesivamente piadosa, aunque estuviera pensada para apaciguar. La piedad llegaba como un rayo, no como una lluvia suave. Era algo perturbador, que jamás se superaba. No muchos nombres, pero todos como puñales.

*** Apuntes 1992-1993. (1993). [Ed. GG: pp. 1060-10611]


La unidad en la multiplicidad sería lo último y lo máximo que Dios habría logrado. Pero hace algunos milenios que los hombres se han habituado a separar en su Dios la unidad y la diversidad. En consecuencia, éste ha dejado de ser un Dios pleno y se ha convertido en un prototipo del poder; y a partir de ahí ellos han quedado expuestos su propia, aleatoria e informe multiplicidad.. [Cfr. p. 122, antes de «No hay nada más feo que los instintos...»]

[(...)Sin palabras, él hubiera podido siempre hacerlo todo.
Imaginar lo que los animales encontrarían de loable en nosotros. pág.122 antes de «No hay nada más feo...»]


*** Anexo 2. De «Apuntes 1942-1948». (1946). [Ed. GG: pág. 1116]

Tuesday, May 14, 2013

[Letra C] - Ciencia / Conocimiento



CIENCIA

La ciencia se ha traicionado al volverse un fin en sí misma. Se ha convertido en una religión, en la religión del asesinar, y pretende hacer creer que ha habido un progreso desde las religiones tradicionales del morir a esta religión del asesinar. Muy pronto habrá que poner a la ciencia bajo la soberanía de un impulso superior que, sin destruirla, la reduzca a la condición de sierva. Para este sometimiento no queda mucho tiempo. La misma ciencia se complace como religión y se apresura a exterminar a los hombres antes de que tengan valor para destronarla. Así, el saber es realmente poder, pero un poder furibundo y adorado sin pudor alguno; sus adoradores se contentan con un poco de caspa o unos cuantos pelos suyos y, si no pueden conseguir otra cosa, con las huellas de sus pesados pies, artificiales.

*** La provincia del hombre 1943-1972. (1943). [Ed. GG: pp. 34-35]

Sensación de congoja y extrañeza al leer a Aristóteles. La lectura del primer libro de la Política, en el que defiende la esclavitud a toda costa, le produce a uno la impresión de estar leyendo el «Martillo de las brujas». Otro aire, otro clima, y un orden totalmente diferente. El grado de dependencia de las ciencias con respecto a las clasificaciones aristotélicas, incluso en nuestros días, se convierte en una pesadilla cuando conocemos la parte «anticuada» de sus opiniones, que sin embargo soportan a aquellas que aún siguen siendo válidas. Podría ser perfectamente posible que el mismo Aristóteles, cuya autoridad fue la culpable del estancamiento de las ciencias naturales durante la Edad Media, haya seguido ejerciendo de otra forma su efecto pernicioso, cuando su autoridad ya se había resquebrajado. Llama la atención la notable similitud entre el aristotelismo y el avance paralelo de las actividades científicas modernas, su frío tecnicismo y la especialización de las distintas ramas del saber. La especial naturaleza de la ambición aristotélica ha determinado la organización de nuestras universidades. A Aristóteles solo corresponde una universidad moderna en su totalidad. La investigación como fin en sí misma, tal y como él la practica, no es realmente objetiva. Para el investigador sólo significa no dejarse arrastrar por nada de lo que emprenda. Excluye el entusiasmo y la metamorfosis del ser humano. Quiere que el cuerpo no advierta lo que hacen las puntas de los dedos. Todo lo que uno es, lo es al margen de cómo desarrolle su actividad científica. Lo único en verdad legítimo es la curiosidad y una extraña capacidad de crear espacio para todo cuanto la curiosidad almacene. El ingenioso sistema de casilleros que el investigador crea dentro de sí se va llenando con todo aquello que la curiosidad señala. Basta con que encuentre algo para que lo meta en su casillero, donde deberá permanecer muerto e inmóvil. Aristóteles, un ser omnívoro, demuestra al hombre que nada es incomible, siempre que uno sepa encuadrarlo en un orden. Las cosas expuestas en sus colecciones, estén o no vivas, son meros objetos y sirven a algún fin, aunque sólo sea el de mostrar cuán perniciosas son.
Su pensamiento es, en primerísima línea, el arte de compartimentar. Tiene un sentido muy desarrollado de las jerarquías, los rangos y las relaciones de parentesco, y en todo lo que investiga introduce algo así como un sistema de jerarquías. Al compartimentar, lo que le interesa es la uniformidad y la pulcritud, y no tanto la veracidad. Es un pensador incapaz de soñar (todo lo contrario de Platón), hace gala abiertamente de su desprecio por los mitos, y hasta los poetas son para él algo útil, no los valora de otro modo. Incluso ahora hay personas que no pueden aproximarse a un objeto sin aplicarle los encasillamientos aristotélicos. Y más de uno piensa que en los casilleros y gavetas de Aristóteles las cosas tienen un aspecto más claro, cuando en realidad allí sólo están más muertas.

*** La provincia del hombre 1943-1972. (1943). [Ed. GG: pp. 48-49]


Es mejor para mí leer sobre los pueblos primitivos que verlos directamente. Un solo pigmeo de África me sugeriría más preguntas desconcertantes que las que la ciencia permitiría plantear en los próximos cien años. Pienso con desdén sobre la realidad tan sólo porque me impresiona terriblemente. Pues no se trata, en absoluto, de aquello que los demás denominan realidad, no es ni rígida ni inmutable, ni acción ni cosa; es como una selva virgen que va creciendo ante mis ojos y en la que, mientras crece, acontece todo cuanto forma parte de la vida de una selva virgen. Así pues, debo cuidarme mucho de un exceso de realidad, o bien mis selvas vírgenes me harían estallar. Nos vamos procurando la realidad en forma más atenuada y todavía soportable mediante imágenes y descripciones. También éstas cobran vida en nosotros, pero tienen un ritmo de crecimiento más lento. Son más tranquilas y dispersas y se palpan con cautela unas a otras. Tardan largo tiempo en encontrarse. Pero, sobre todo, les falta el ímpetu fogoso con que la realidad se nos echa encima, un animal depredador, hermoso y reluciente que devora al ser humano.

*** La provincia del hombre 1943-1972. (1943). [Ed. GG: pp. 69-70]

Hay en la ciencia una «modestia» que me resulta mucho más insoportable que la arrogancia. Los «modestos» se ocultan detrás de la metodología y convierten las clasificaciones y delimitaciones en lo más importante de la experiencia. A menudo es como si dijeran: «Lo importante no es lo que encontramos, sino la manera como catalogamos lo que no hemos encontrado».

*** La provincia del hombre 1943-1972. (1955). [Ed. GG: pág. 218]


CONOCIMIENTO

Con los terribles acontecimientos de Alemania, la vida ha adquirido una nueva responsabilidad. Antes, durante la guerra, él estaba totalmente solo. Lo que pensaba era pensado para todos; puede que en un futuro hubiera de comparecer ante un tribunal a causa de ello, pero a ninguno de los que vivían entonces le debía justificación alguna. Habían pasado por demasiadas cosas, se contentaban con ráfagas de vida, respirar plenamente no les era posible, habían fracasado> Por aquel entonces no le parecía mayormente significativo pensar y escribir en lengua alemana. En cualquier otra hubiera encontrado lo mismo, el azar le había elegido ésta. Le resultaba dócil, podía servirse de ella, aún era rica y oscura, no demasiado lisa para las cosas más profundas cuyas huellas él seguía, no demasiado china, ni demasiado inglesa; el componente pedagógico-moral –que, por supuesto, también le interesaba– no le cerraba el camino hacia ciertos conocimientos, más bien emanaba de ellos. A su manera, la lengua lo era todo, pero no era nada en comparación con la libertad de él.
Hoy en día, con el hundimiento de Alemania, todo esto ha cambiado para él. Allí la gente saldrá muy pronto en busca de la lengua que les han robado y desfigurado. Quien la haya mantenido pura en los tiempos del máximo frenesí, tendrá que entregarla. Es cierto que él sigue viviendo para todos y que siempre tendrá que vivir solo, responsable ante sí mismo como instancia suprema: pero ahora Les debe a los alemanes su lengua; él la ha mantenido limpia, pero ahora también tiene que entregarla, con amor y gratitud, con intereses e intereses acumulados..

*** La provincia del hombre 1943-1972. (1945). [Ed. GG: pp. 95-96]

Espíritus que iluminan y espíritus que ordenan. Heráclito y Aristóteles como casos extremos.
El espíritu que ilumina es similar al rayo, se mueve velozmente a través de grandes espacios. Lo deja todo de lado y va en pos de una sola cosa, que él' mismo no conoce antes de haberla iluminado. Su eficacia empieza cuando cae como un rayo. Sin un mínimo de destrucción y de temor no adquiere ninguna forma para el hombre. La iluminación sola es demasiado ilimitada e informe. El destino del nuevo conocimiento depende del punto en el que caiga el rayo, para el cual el hombre es todavía tierra virgen en su mayor parte.
Lo iluminado se les deja luego a los que ordenan, cuyas operaciones son tan lentas como rápidas eran las de los otros. Son los cartógrafos de los rayos que van cayendo, de los cuales desconfían. Con su actividad intentan impedir que caigan nuevos rayos.

*** La provincia del hombre 1943-1972. (1961). [Ed. GG: pp. 283-284]

Toca demasiados instrumentos a la vez. Pero pensar no es componer. En el pensar hay algo que se lleva al extremo sin ningún miramiento. El proceso del conocimiento consiste en primer término en tirarlo todo por la borda para llegar más rápida y fácilmente a la meta presentida. A. no puede arrojar nada por la borda. Siempre se arrastra todo él consigo. No llega a ninguna parte.
Todo cuanto sabe lo tiene siempre presente. Llama a todas las puertas y no entra en ningún sitio. Como ha llamado, cree que ha estado ahí.

*** La provincia del hombre 1943-1972. (1962). [Ed. GG: pág. 287]

¿Serán acaso las expectativas de un niño las que aún tengo dentro de mí cuando advierto una grieta en la corteza de un hombre y siento de pronto: no todo está perdido, con un poco de ayuda se puede hacer que un corazón detenido palpite de nuevo?
Cierto es que cada día soy más consciente de tener un conocimiento terriblemente preciso del ser humano; pero lo que me interesa no es este conocimiento, que puede tenerlo cualquiera que haya vivido bastante. Me interesa lo que lo refuta y aniquila. Con gusto convertiría yo a un usurero en un benefactor y a un contable en un escritor. Me interesa el salto, la metamorfosis que sorprende.
Nunca he perdido la esperanza, a menudo intento castigarme por ella y la hago víctima, cruelmente, de mi escarnio. Pero ella sigue viviendo en mí, intangible.
Puede que sea tan ridícula como aquella otra, mucho mayor, aquella esperanza enorme de que un muerto pudiera plantarse de pronto ante mí sin que se trate de un sueño.

*** La provincia del hombre 1943-1972. (1971). [Ed. GG: pág. 380]

El omnisciente se pierde en el reino cada vez más grande de su ignorancia. Todos los conocimientos nuevos que he ido adquiriendo me han llegado directamente a partir de la observación de un único fenómeno concreto, no mediante la comparación ni el acopio de cientos de documentos sobre un mismo fenómeno. Nadie piensa estadísticamente; cuando están en juego cuestiones más profundas, no hay método estadístico que valga. Además, debo tener el valor de elegir lo que me parezca importante y significativo. Debo arriesgarme a que todos los especialistas de todos los ámbitos me desacrediten tildándome de ignorante. Debo superar ese vano deseo de querer saberlo todo que me ha perseguido desde niño.

*** Hampstead. (1957-1959). [Ed. GG: pág. 715]

Ese instinto con el que ha descartado todo lo técnico como conocimiento y logro. No es que rechace las comodidades habituales, las utiliza, y ellas le aligeran y amenizan la vida. Pero se niega a reflexionar sobre ellas, es como un griego, no les concede rango alguno y las trata como esclavas.
Así ha permanecido libre para todos los enigmas de siempre, y se rompe dientes y huesos contra ellos.

*** Hampstead. (1971). [Ed. GG: pág. 854]

Si hay algo que pudiera justificar la aparición y el empleo del poder sería la creación de una nueva forma de poder ahora: la del poder de la prevención.
No hay que confundirlo con el viejo poder de la prohibición. Éste ha fracasado. Pero hay que analizarlo a fondo para que comprendamos en qué ha consistido su insuficiencia. La prohibición es mezquina y, además, se ha vulgarizado. Sirve para todo, cualquier respeto ante ella se ha volatilizado.
El poder de la prevención tendría que preservarse espacio. Para el poder de la prevención es necesario el conocimiento. Ha de renovarse continuamente. No se deja manejar automáticamente. Contiene una negación de la muerte y extrae de ella su fuerza. Cualquier extensión del ámbito de la muerte despierta su alarma.

*** Apuntes 1973-1984. (1981). [Ed. GG: pág. 928]


Wednesday, May 8, 2013

[Letra B] - Bondad


BONDAD

Nos engañamos al abrigar algún tipo de esperanza para la época que vendrá después de la guerra. Cierto es que hay esperanzas privadas, y éstas son legítimas: volveremos a ver a nuestro hermano y le pediremos perdón aunque no le hayamos hecho nada, sólo porque hubiéramos podido hacerle algo, y después de tales separaciones estamos firmemente decididos a mostrarnos tan sensibles como nos sea posible. Por sobre la tumba de una ciudad visitaremos la tumba de nuestra madre y la bendeciremos por haber muerto antes de esta guerra. A tal punto actuaremos en contra de nuestra naturaleza más personal e íntima. Buscaremos ciudades que nos resulten familiares, y encontraremos en ellas a más de un conocido que todavía esté vivo, sobre los demás circularán las historias más curiosas. Podremos instalarnos en cientos de recuerdos fascinantes y habrá muchísimo amor entre los hombres, entre los individuos. Sin embargo, las verdaderas esperanzas, las puras, las que no tenemos para nosotros mismos, aquellas cuya realización no redundará para nada en beneficio nuestro, aquellas que tenemos listas para todos los demás, para unos nietos que no serán los nuestros, para los no nacidos, de padres malos y buenos, de guerreros y de tiernos apóstoles, como si cada uno de nosotros fuera el antepasado secreto de todos los nietos; estas esperanzas surgidas de la bondad innata de la naturaleza humana -pues también la bondad es innata, sobre todo después de semejantes guerras-, esas esperanzas de una luminosidad solar hay que alimentarlas, protegerlas, admirarlas, acariciadas y arrullarlas, y eso aunque sean vanas, aunque nos engañemos con ellas, aunque no lleguen a realizarse ni un solo instante, porque ningún engaño es tan sagrado como éste y de ninguno depende tanto que no nos asfixiemos del todo.

*** La provincia del hombre 1943-1972. (1943). [Ed. GG: pp. 43-44]


Palabras sin las cuales no podemos vivir, como amor, justicia y bondad. Dejamos que nos engañen y nos damos perfecta cuenta, para así creer aún más intensamente en ellas.

*** La provincia del hombre 1943-1972. (1949). [Ed. GG: pág. 170]


Avanza entre la gente envuelto en el grueso abrigo de la bondad, así jamás siente frío. Se desprendería de su última camisa antes que entregar este abrigo de la bondad. A veces se imagina horrorizado que pudiera existir una prohibición de pasar por bueno. El sudor le baña la frente y, como si lo acosaran, se precipita al encuentro de sus víctimas, que lo reciben agradecidas y radiantes de alegría. Cuando ha hecho algún bien a dos personas que no se conocen mutuamente, él se preocupa de que se conozcan. Luego se las imagina juntas y hablando sobre él. Más adelante hace que ambas partes le cuenten lo que hablaron y compara las dos versiones con todo detalle. Porque está dispuesto a dejar que lo engañen en todo, excepto en su bondad.

Actúa con la máxima modestia cuando hace el mayor de los bienes, tanto más grande será el efecto. Le gusta repasar mentalmente su propia vida y comprueba que no ha habido ningún período en que no haya sido bueno. No puede asistir a ningún sepelio sin identificarse con el difunto, y quizá hasta lo envidie un poco porque todos hablan bien de él. Pero se consuela imaginando todo lo que dirían si él fuera el muerto.
Alguna que otra vez se toma en serio esta quimera y hace propagar la noticia de su propia muerte. Se abona entonces a una agencia de prensa y recibe puntualmente todas las necrológicas relacionadas con su persona. Pasa luego unos días felices pegando las necrológicas en un álbum. Pero es justo y no elimina las que le parecen demasiado breves. Luego deja el imponente álbum en su cama, como una almohada, y duerme sobre él. Sueña con su entierro al día siguiente y, cuando todos lo han hecho ya, él también arroja una paletada de bondad en la tumba.

*** La provincia del hombre 1943-1972. (1955). [Ed. GG: pp. 216-217]


Bondad, dice él. Pero ¿qué quiere decir? ¿No podría decirlo de manera más explícita? Se refiere a un espíritu vigilante que no se deja engañar por nada ni se engaña con nada. Se refiere a una desconfianza absoluta ante cualquier utilización de seres humanos para objetivos que deberían ser «más elevados», pero que sólo son objetivos de otros. Quiere decir apertura y espontaneidad, se refiere a una infatigable curiosidad por la gente a la cual comprende e involucra. Se refiere a un sentimiento de gratitud hacia quienes, si bien no han hecho nada por nosotros, nos salen al encuentro, nos ven y tienen palabras que decirnos. Se refiere al recuerdo que no descuida ni omite nada. Se refiere a la esperanza pese a la desesperación, pero a una esperanza que jamás la silencia. Se refiere también a los animales, aunque nos los comemos. Se refiere particularmente a todo cuanto es más necio que nosotros mismos. Se refiere a la impotencia, nunca al poder. Quien es bueno con el poder, se inclina ante él o lo adula para protegerse, ése es malo. Él quiere decir pasión, pero una que también deje margen a las de otros. Quiere decir asombro, pero también preocupación. No quiere decir grandeza, ni presunción, ni excelsitud, ni autoendiosamiento, ni tampoco la dureza y el orden con los que se subyuga a los demás. La bondad a la que se refiere está espiritualmente en movimiento y lo pone en duda todo. No se refiere a'la bondad que logra algo, sino a la que, de pronto, se queda ahí con las manos vacías. Se refiere a la capacidad de sorprenderse, incluso a una edad muy avanzada. Se refiere también a la capacidad de airarse y de acusar, pero sólo si no le otorgan poder al airado o al acusador. También se refiere al lenguaje: con seguridad no se refiere al silencio. Se refiere al saber, pero no a una función ni a un cargo, ni a una retribución. Se refiere a la preocupación por los hombres aquí, no a una intercesión por sus almas.

*** La provincia del hombre 1943-1972. (1969). [Ed. GG: pp. 361-362]


Ella no quiere ni oír hablar de bondad, y él se enfurece por ello.

*** El suplicio de las moscas, Parte II [Ed. GG: pág. 605]